Enrique Campos Suárez

No hace falta esperar a que Pejeleaks le encuentre historias truculentas a Andrés Manuel López Obrador, como la que prometen para este lunes. O que desde las otras campañas le saquen los trapitos al sol.

Para dimensionar las consecuencias de la aplicación de políticas populistas en la economía mexicana no hace falta más que ponerle atención a sus propios dichos.

Si guardamos los apasionamientos y sacamos la calculadora y la acompañamos de la razón, podemos ver cómo la estabilidad que tenemos, y no siempre valoramos, puede convertirse en el caos en muy poco tiempo.

Suspender importaciones de alimentos, precios de garantía, suspender el aeropuerto, cancelar las reformas. En fin, las granadas de fragmentación económico-financieras sobran en su discurso.

Pero hace un par de días Andrés López ya nos dio garantías de que piensa llevar a México a una crisis energética, presupuestal e inflacionaria desde el primer momento de su mandato, en caso de que llegara a ganar las elecciones presidenciales.

La promesa de este aspirante presidencial es que no va a subir los precios de los energéticos, como la gasolina, durante tres años.

Cuando este mensaje se recibe en la amígdala cerebral y desata las emociones, muchos se sienten alegres, complacidos, eufóricos con una noticia que perciben como positiva porque creen que con eso no gastarán más dinero en llenar el tanque de sus autos. Es la reacción deseada en una campaña electoral.

Si esta misma información fuera procesada inicialmente por la corteza prefrontal, donde están los centros de razonamiento del cerebro, automáticamente haríamos un alto a preguntarnos cómo es posible que se congele el precio de productos que están regidos por precios internacionales y por circunstancias tan aleatorias como una crisis en Siria.

México no es autosuficiente en energéticos y no lo va a ser en una década, ni siquiera con los planes de construir refinerías de Pemex en territorio nacional (lo que es otro gran absurdo).

Hay ejemplos en la historia reciente del país. La llamada derecha mexicana ha tenido también sus dotes de populista y durante el 2009 el gobierno de Felipe Calderón decidió congelar un año los precios de las gasolinas.

El resultado fue el uso y abuso de cientos de miles de millones de pesos del erario público para subsidiar una parte del tanque lleno de los que tenían coche.

Fue un año donde ciertamente los precios del petróleo se habían derrumbado. De cualquier forma, se destinó dinero para beneficiar a quien realmente no lo necesitaba.

Durante años, los subsidios a las gasolinas le costaron al gasto público mucho dinero que se dejó de emplear en programas sociales.

Nada menos el gobierno de Enrique Peña Nieto decidió, junto con el Congreso, topar el aumento de los combustibles durante el 2016 a no más de 3% de incremento. Esto, con el pretexto de alinear los combustibles con la inflación.

El resultado fue que, cuando se dispararon los precios de las gasolinas en el mundo, esos precios congelados (en términos reales, como dice López) se dispararon en el 2017 con la liberación y vino el famoso gasolinazo.

Está garantizado. Congelar los precios de los combustibles es la fórmula perfecta para una nueva crisis.

López Obrador nos garantizaría un gasolinazo plus (o Premium) para el 2021, con todo y el acumulado de crisis que llevemos para entonces con todas las malas decisiones que pretende