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Fraude telefónico

sgl.1Sin Tacto

Por Sergio González Levet

Entra la llamada en el peor momento, como siempre: estoy en medio de una reunión de trabajo y el celular suena molesto e insistente. Respondo como puedo y una voz reconocible por su acento irreconocible (entre centroamericano y caribeño de Colombia, que es casi lo mismo) me dice que me va a hacer el favor de mi vida.

Tampoco es como para dejar a un lado cualquier oportunidad en este mundo inoportuno, y le pregunto cómo es que por primera vez en mi vida voy a recibir una ayuda totalmente desinteresada de un desconocido que ha llamado a mi teléfono sin que yo se lo proporcionara, y que sabe mi nombre y algunos de mis generales.

Me saluda, me pregunta cómo estoy, yo le digo que excelente, él me contesta que le parece magnífico, y antes de que los ditirambos en uno y otro sentido crezcan a alturas inmanejables me suelta la esperada información.

—Señor, le comento que yo le hablo en representación del Grupo Meriba (o Neriva, no alcanzo a escuchar muy bien el nombre) y hemos detectado que alguien ha intentado hacer un cobro sospechoso en su tarjeta de crédito de Banorte. Es un cargo por 450 pesos de una compañía de seguros norteamericana. ¿Usted autorizó esa operación?

Obviamente no autoricé esa operación, ni alguna otra, porque desde hacía una semana no había utilizado la mentada tarjeta.

Se podría sentir el tono de alegría, de felicidad, de victoria del empleado al otro lado del auricular, cuando... la llamada se cortó intempestivamente. Podría ser que el lugar en el que estaba tenía una mala señal -cosa tan corriente aquí en Xalapa- o que el otro celular estaba en esa condición, la cosa es que la llamada murió por inanición señalética.

Como hace la mayoría de los mexicanos comunes y corrientes, olvidé de inmediato lo que me había dicho, y no volví a pensar en el asunto... hasta que, horas más tarde, entró una llamada del mismo número, pero esta vez era una mujer la que hablaba, quien me dio las buenas tardes, me preguntó también cómo me estaba, me dijo que le parecía magnífico que estuviera excelente.

Y dale con que me iba a hacer un gran favor, porque había detectado que me habían tratado de hackear mi tarjeta de crédito y acababa de evitar que me hicieran un cobro fraudulento de 450 pesos.

Hasta aquí la cosa parecía bien, y una vez que recibió mi agradecida respuesta me empezó a soltar un largo rollo sobre los beneficios que obtendría si me acogía a los servicios de protección de su empresa. Hasta aquí nunca nadie me había dicho de algún costo por el servicio, y la dama 1 me pasó con una dama 2, quien me volvió a preguntar cómo me sentía, etc., ¡y me soltó el anzuelo!

El servicio de su compañía solamente costaba 350 pesos al mes, y si tomaba en cuenta que ya me habían hecho ahorrar 450 pesos, se pagaba solo y hasta salía yo ganando.

Fue cuando le dije que no me interesaba, y la corté drásticamente. Pero no me quedé ahí, llamé a mi banco y pregunté por el supuesto fraude que me habían tratado de hacer, y ahí me dijeron que no existía nada similar, que nadie había intentado cobrar algo de mi tarjeta.

¿Cómo ven? O sea que había agradecido de gratis un favor que nunca existió en la realidad, y si me dejo, me hubieran ensartado un cobro mensual de 350 pesos por un servicio que no sirve para nada, o sí: para defraudar incautos.

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Leru y la alarma

sgl.1Sergio González Levet

A las 6 de la tarde con 59 minutos del miércoles 21 empezó a sonar: tuuuu, tu, tutuuuu, tutuuu.

Era una alarma que todos los vecinos tuvieron que padecer, pero pensaron que pronto dejaría de sonar, porque el ruido que hacía era insoportable, de ésos que te ponen los nervios de punta y no te permiten pensar con claridad... que no te permiten vivir (era similar al ruido que produce el claxon de un coche cuando su exasperado conductor se pone a sonarlo sin ninguna consideración).

Pero no. Siguió machacando con su sonido infame y pasaron los minutos, las horas...

Para no hacérselas de emoción, la alarma estuvo gritando su advertencia inútil hasta las 3 de la mañana del jueves 22, ocho horas seguiditas con su constancia fiel pero importuna.

Obvio, los vecinos del fraccionamiento Montemagno y los de La Marquesa se volvieron locos esa tarde, esa noche y esa madrugada, porque ninguna autoridad pudo hacer nada para acallar el molesto ruido, para acabar con el infierno.

"Lo siento, señor, señora, joven, señorita, pero la policía no puede entrar a una casa sin un permiso judicial, aunque el sonido (de la casa) y la furia (de ustedes) sean totalmente incompatibles", respondían en los teléfonos de emergencia.

La alarma sonaba en una casa de la Avenida Moscú, la marcada con el número 91 exactamente, que ofrece para la renta la compañía inmobiliaria Leru.

Y sí, se ve que en Leru son buenos para el negocio de comprar, vender y administrar casas, no por nada han crecido tanto en todo el país, pero están muy poco preocupados por la tranquilidad de las personas que habitan cerca de los inmuebles que ellos promueven. Y eso lo digo porque la alarma de esa casa de la Avenida

Moscú 91 que ofrecen en renta desde hace varias semanas se ha encendido muchísimas veces, siempre a deshoras: en domingos, en las madrugadas, por las mañanas muy temprano, cuando uno está haciendo otras cosas más agradables y tiene que dejarlas porque el ruido hace imposible cualquier función, humana o animal.

Y eso lo digo porque varios vecinos hablaron para quejarse de la alarma imprudente, y nadie de Leru hizo nada por ponerla en orden en ese más de un mes en que le echó a perder la vida a cientos de personas que tuvieron la mala suerte de vivir cerca de una casa que renta esa inmobiliaria.

Este jueves 22 muy temprano le llovieron quejas telefónicas al teléfono de Leru (812 22 60, por si alguien quiere insistir) de decenas de habitantes del rumbo de Montemagno, organizados por fin en contra de ese atentado a la paz social, y no es para menos porque varios de ellos enfermaron de los nervios.

El psicólogo estadounidense Dan Gilbert, investigador de la Universidad de Harvard, ha demostrado que las personas son infelices si no logran concentrarse en lo que están haciendo, y me pregunto quién podría concentrarse si tiene por horizonte auditivo ese sonido reiterado, penetrante, insondable... y si además lo tiene que soportar por días, semanas, meses.

Todos los vecinos ruegan que por fin los señores de Leru puedan rentar la casa de la alarma demoniaca. Piensan que así terminaría por fin su viacrucis y de esa manera podrían volver a tener una vida normal, como aquella que les ha robado Leru, con su falta de interés en lo que afecta a las personas. Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.
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