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Ramón Poo, alcalde

sgltSin tacto

Por Sergio González Levet

Ramón Poo, alcalde

No, no quiere ser senador ni diputado federal o local, menos gobernador.
Ramón Poo Gil sólo quiere terminar bien su cuatrienio... y regresar a lo suyo, a la empresa, en donde está su verdadera formación, su vocación, su mundo...
Y eso de no sudar calenturas ajenas le da el tiempo y la pausa para trabajar en un solo objetivo. Y por eso no se distrae de sus importantes funciones como el presidente municipal del municipio históricamente más importante de América, el primero de tierra firme en nuestro continente, el que fundó el gran conquistador (aunque no nos guste) Hernán Cortés, el de mayor presupuesto en la entidad.
El más conflictivo y demandante también.
Pero Ramón se da tiempo para atender demandas y solucionar conflictos, porque está dedicado de lleno a hacer un excelente papel, como lo hizo su padre, don Gerardo Poo Ulibarri, cuando fue el mejor alcalde del municipio de Veracruz.
Se explica porque un empresario exitoso es necesariamente un buen administrador, y un buen administrador, irremediablemente, es un funcionario eficaz.
El problema de la función pública es que la han desempeñado tradicionalmente los políticos, y ante el estado de las administraciones públicas de los tres niveles de gobierno, urgen ya otros perfiles: gente que sepa de números, de trabajar en serio, de honorabilidad.
Por eso Ramón Poo va a entregar buenas cuentas a los veracruzanos cuando termine su labor, Trabajando Juntos hasta el último minuto del día 31 de diciembre de 2017.
De ahí vendrá una merecida vacación, un respiro para empezar a mirar en retrospectiva y hacer la evaluación final; los costos y los logros de haber sido un servidor público en tiempos tan difíciles como éstos.
¿Qué dejará Ramón cuando salga? Yo creo que saldos a favor, sobre todo en obra pública. La remodelación integral del centro histórico es lo visible, lo presumible en la superficie, pero también hizo mucha obra a pie de piso -pavimentaciones y bacheos permanentes a lo largo de los tres años y seis meses y días de la administración, más lo que falta-, y mucha obra enterrada, de ésa que no se advierte porque lo cómodo no despierta ninguna emoción entre la masa, sólo el disfrute. Nunca se verá una manifestación de apoyo porque ya no hay hoyos en la calle o porque los servicios se hicieron más eficientes.
Al pueblo le queda eso de ir a quejarse, no de reconocer, para eso es pueblo.
No obstante, Ramón les dice constantemente a sus colaboradores que él y ellos no llegaron al Ayuntamiento para cosechar alabanzas, sino para servir a la comunidad. Y una autoridad sólo sirve a su pueblo cuando hace su trabajo bien, cuando cumple a cabalidad sus funciones. Cumplido el deber, lo que queda es continuar con el trabajo hasta que se cumpla el plazo definitivo.
Por eso Ramón Poo se ve satisfecho, contento, con la experiencia de haber sido la primera autoridad del primer Ayuntamiento de América. Por eso piensa redoblar el esfuerzo en los seis meses que le quedan para terminar como empezó: a tambor batiente.
Y después va a ver que fue bueno.

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El Gurú: tecnología y pensamiento (1)

sgltSin tacto

Por Sergio González Levet

El Gurú: tecnología y pensamiento (1)

—Maestro, le estuve llamando toda la tarde ayer y nunca me contestó —voy llegando a la librería. Lo he encontrado sentado en la mesa, atrás de una taza de café exprés, hojeando y ojeando un libro.
—Hum... es que le puse el silenciador a mi celular y no escuché ninguna llamada ni vi ningún mensaje, y debo confesar que además dejé que se le bajara la batería. No sabes cómo gozo cuando el aparato se muere de inanición y me deja de importunar con la posibilidad de que alguien me busque, o de que me manden tonterías o cursilerías, o de entrar en contacto con alguien de la legión de imbéciles que puebla las redes (recordemos a don Umberto Eco) —me contestó mientras levantaba la mirada de su libro -el tomo segundo de las obras completas de Mijail Bakunin-, lo colocaba a un lado y me dirigía su atención, todo en una mientras emergía de la ensoñación del profundo intelecto que reposaba en esas páginas.
—¡Pero cómo, maestro! Se han entreverado los papeles: usted que por su edad es prácticamente un millennial, abomina de la comunicación tecnológica, y yo que soy un hombre más que maduro, me paso estudiando y aprendiendo las mejores formas de utilizar todos los aparatos de comunicación que nos presta la modernidad, al grado que ya no sé producir nada sin el auxilio de mi celular, de mi Tablet y de mi laptop.
En mi perorata, se entenderá, había un tufillo de ironía que el pensador advirtió y tuvo que digerir sin remedio, pero se recompuso, tomó aire y me ofreció su explicación sobre las trampas y los alcances de la fe en las telecomunicaciones modernas.
—Tanto como abominar, mi pequeño Salta, no. Me dan flojera, lo admito, los teléfonos celulares y nunca he podido mantener en mi posesión y funcionando una tablet más de un mes. En cambio, amo mi laptop como Balzac quería a las plumas de ganso con las que escribió sus más de 90 novelas,o como sir Arthur Conan Doyle cuidaba celosamente su pluma Parker, o como Hemingway tenía un afecto entrañable a sus dos máquinas portátiles Smith-Corona. Para ellos (y espero que para mí) eran instrumentos de trabajo que permitían ser más creativo, más productivo, más poderoso.
Ambos tomamos un momento para la ensoñación y cada uno por su lado se dio la vuelta por el mundo de la creación literaria, imaginando cada cual a esos monstruos de la palabra ejerciendo su oficio de ser inmortales. Pero las palabras del maestro nos regresaron al mundo, a la realidad,
—¿Tecnología? Claro. ¿Telecomunicaciones? De acuerdo. Ya me definiste como un millennial y no puedo ni debo abstraerme de mi época y mi circunstancia... pero cuando está encendido, me pongo a pensar que el celular está vivo en mi bolsillo y la energía que despide, de alguna forma dificulta el libre curso de mi pensamiento. No sé, casi te podría decir que siento fluir la carga entre la pila y la electricidad que deambula en las neuronas de mi cerebro...
Él Gurú se detuvo intempestivamente, dejó que una idea se aclarara en su mente magistral, me miró con alegría y exclamó:
—¡Touché! Me agarraste desprevenido por las ideas de Bakunin que rodaban en mi mente y me dejé llevar por el hilo de mis pensamientos. Por poco termino diciéndote que los celulares son mi karma. Lo cierto es que para mí los celulares... Bueno, mañana seguimos platicando porque tengo que ir a dar una clase de filosofía.

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